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Opinion

La luz que inventamos para ver mejor nos esta dejando ciegos

Inventamos el LED azul y ganamos el Nobel. Diez anos despues compramos lentes para protegernos de esa misma luz.

Josué GO · · 2 min
Lentes bloqueadores de luz azul sobre escritorio oscuro reflejando luz de monitor

El precio inesperado del progreso

El oftalmólogo terminó de revisarme y dijo algo que, en ese momento, me pareció demasiado simple.

La gente de tu edad empieza a necesitar lentes. No hay otra explicación. Muchos llegan aquí porque, de un momento a otro, pasaron de ver bien a ver borroso.

Salí del consultorio con la receta en la mano, pero la frase siguió dándome vueltas durante varios días.

¿Cómo que "de un momento a otro"?

Llevo prácticamente treinta años frente a una computadora.

Mi primer monitor fue un CRT de 14 pulgadas, allá por 1994. Desde entonces han pasado miles de horas entre pantallas: estudiando, trabajando, programando, leyendo. Si había algo que pudiera desgastar mis ojos, llevaba haciéndolo durante tres décadas.

Y, sin embargo, la sensación fue exactamente esa: un día veía bien y, al siguiente, necesitaba lentes.

No fue el costo de los lentes lo que me hizo pensar.

Fue la paradoja.

¿Cómo terminamos necesitando protegernos de tecnologías que alguna vez celebramos como uno de nuestros mayores avances?

Una invención que cambió el mundo

La coincidencia me llamó la atención.

En 1993, mientras yo descubría mi primer monitor, el ingeniero japonés Shuji Nakamura lograba fabricar el primer LED azul de alta eficiencia. Aquel avance hizo posibles los LED blancos que hoy iluminan ciudades, hospitales, oficinas y prácticamente todas las pantallas que usamos a diario.

Fue un descubrimiento tan importante que, en 2014, Nakamura y sus colegas recibieron el Premio Nobel de Física. La Academia Sueca describió aquel trabajo como una auténtica revolución en la forma de producir luz.

Resulta curioso que, apenas una década después, exista toda una industria dedicada a fabricar lentes diseñados para reducir la exposición a la luz azul emitida por dispositivos electrónicos.

Más allá del debate científico —que sigue abierto sobre el impacto real de la luz azul de las pantallas en la retina y sobre la eficacia de estos filtros para prevenir daños—, millones de personas buscan aliviar la fatiga visual asociada al uso prolongado de dispositivos digitales.

No deja de ser una paradoja interesante.

Las grandes innovaciones suelen resolver un problema... y abrir preguntas que antes ni siquiera existían.

El progreso nunca llega solo

Mientras pensaba en eso, recordé que no es un caso aislado.

El motor de combustión transformó la movilidad y, con el tiempo, nos obligó a replantearnos el impacto ambiental de ese mismo avance.

Las redes sociales acercaron a personas que jamás habrían podido comunicarse y, al mismo tiempo, cambiaron nuestra relación con la atención, la privacidad y la salud mental.

La Revolución Industrial multiplicó la capacidad de producir bienes, pero también terminó impulsando un largo debate sobre las condiciones laborales, la urbanización y el costo social del progreso.

No creo que ninguno de esos avances haya sido un error.

Lo que sí parece repetirse es otra cosa: solemos entender las consecuencias de una innovación mucho después de haber celebrado sus beneficios.

Quizá sea una característica inevitable del progreso.

O quizá simplemente somos mejores inventando que anticipando.

La siguiente gran pregunta

Por eso pienso en la inteligencia artificial.

Hoy la conversación suele dividirse entre quienes la presentan como la solución para casi todo y quienes la describen como una amenaza inevitable.

Tal vez ambas posturas sean demasiado simples.

La IA ya está cambiando la manera en que trabajamos, aprendemos, investigamos y creamos contenido. También está planteando preguntas sobre el empleo, la propiedad intelectual, la confianza en la información y el papel que seguirá teniendo el criterio humano.

No sabemos cuáles de esas preocupaciones terminarán siendo realmente importantes.

Tampoco sabemos cuáles ni siquiera hemos imaginado todavía.

Si algo enseña la historia de la tecnología, es que los efectos más profundos de una innovación rara vez aparecen el día de su lanzamiento.

Con frecuencia llegan años después, cuando ya reorganizamos nuestra forma de vivir alrededor de ella.

La pregunta que casi nunca hacemos

No creo que la respuesta sea dejar de innovar.

Sería absurdo.

Buena parte de nuestra calidad de vida existe gracias a personas que resolvieron problemas que parecían imposibles.

Pero quizá deberíamos acostumbrarnos a hacer una pregunta más cada vez que aparece una tecnología revolucionaria.

No solo:

¿Qué problema resuelve?

También:

¿Qué nuevas preguntas nos obligará a responder dentro de diez o veinte años?

Porque la historia demuestra que cada gran avance cambia algo más que la tecnología.

Cambia nuestros hábitos.

Nuestra economía.

Nuestra forma de trabajar.

Nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

Y, muchas veces, solo entendemos ese cambio cuando ya forma parte de nuestra rutina.

Sigo usando mis lentes con filtro para luz azul.

No porque crea que la tecnología sea el enemigo.

Al contrario.

Cada vez que me los pongo recuerdo que el verdadero progreso no consiste únicamente en inventar cosas nuevas. También consiste en tener la humildad de preguntarnos qué consecuencias podrían acompañar a nuestros mejores inventos.

Quizá esa sea la innovación que más nos hace falta.

Infografia del ciclo de innovacion destructiva: LED azul, motor combustion, Revolucion Industrial y la pregunta sobre IA

Fuentes

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