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Por qué los taxistas de Londres casi nunca desarrollan Alzheimer

Memorizar más de veinticinco mil calles agranda el hipocampo de los taxistas de Londres y se asocia con la menor mortalidad por Alzheimer de 443 ocupaciones. Qué le pasa a tu cerebro cuando delegas la navegación en el GPS.

Redacción La Prosa · · 4 min
Taxi negro clasico de Londres con superposicion del hipocampo cerebral sobre la calle

Por qué los taxistas de Londres casi nunca desarrollan Alzheimer

Para aprobar el examen de taxista en Londres hay que memorizar más de veinticinco mil calles en un radio de unos diez kilómetros alrededor de Charing Cross, junto con miles de lugares de interés. Cuesta de tres a cuatro años de estudio y solo pasa cerca de la mitad de los aspirantes. Ese esfuerzo, que a simple vista parece un simple requisito laboral, terminó teniendo algo que ver con el Alzheimer.

La neurocientífica Eleanor Maguire, de la University College London, publicó en el año 2000 un estudio en la revista PNAS que luego se volvió un clásico. Comparó con resonancia los cerebros de dieciséis taxistas licenciados, de una edad media de 44 años y unos catorce años al volante, contra cincuenta personas que no conducían taxis. Los taxistas tenían un hipocampo posterior más grande que el resto. El tamaño se relacionaba con los años de trabajo: cuantos más años, más volumen. Fue la primera prueba de que el cerebro humano adulto puede cambiar de tamaño ante una demanda sostenida de navegación.

El hipocampo es la región con forma de caballito de mar donde se arma la memoria espacial. Un trabajo posterior de Katherine Woollett y Maguire, publicado en Current Biology en 2011, siguió a 79 aspirantes con resonancia antes y después de la formación. Los 39 que aprobaron y obtuvieron la licencia ganaron materia gris en el hipocampo posterior. Los que fracasaron o no lo intentaron, no. Eso dejó fuera la idea de una ventaja genética previa: el cambio venía del aprendizaje. Además, quienes aprobaron mostraban mejor memoria para la información de Londres, aunque rendían peor en otras tareas de memoria visual compleja. El crecimiento tenía un costo.

El sistema de posicionamiento del cerebro

Ese mecanismo tiene un nombre. John O'Keefe descubrió en 1971 las células de lugar en el hipocampo, y años después May-Britt Moser y Edvard Moser hallaron las células de rejilla en la corteza entorrinal. Los tres recibieron el Nobel de Medicina en 2014 por describir lo que en la práctica conforma el sistema de posicionamiento interno del cerebro. Es el GPS que llevamos dentro y que los taxistas ejercitan todos los días.

Lo que muestran los certificados de defunción

En diciembre de 2024, un estudio del BMJ analizó casi nueve millones de certificados de defunción en Estados Unidos. Revisó 443 ocupaciones y encontró que los taxistas y los conductores de ambulancia eran los que menos morían por Alzheimer. Los conductores de ambulancia llegaron al 0,91 por ciento y los taxistas al 1,03 por ciento, frente a alrededor de 1 de cada 60 en la población general. Los conductores de autobús y los pilotos, que siguen rutas fijas, no mostraban la misma ventaja. La diferencia, según la hipótesis del equipo, está ligada a la navegación espacial constante y no a otra cosa.

Conviene anotar una limitación: el estudio es observacional y se apoya en certificados de defunción, no en diagnósticos clínicos. Puede haber factores de salud o de selección laboral detrás. Aun así, la asociación encaja con lo que ya se sabía sobre el hipocampo.

Qué pasa cuando delegamos la navegación

Hay un contraste que vale la pena mirar. Un trabajo de Louisa Dahmani y Véronique Bohbot, publicado en Scientific Reports en 2020, evaluó a 50 conductores regulares y encontró que quienes más usaban el GPS a lo largo de su vida tenían peor memoria espacial cuando navegaban sin ayuda. En un seguimiento de tres años con trece participantes, el uso frecuente de GPS se asoció con un declive más marcado de la memoria espacial que depende del hipocampo. El uso no era consecuencia de un mal sentido de la orientación: aparecía antes del deterioro.

Otras investigaciones citadas ahí indican que quienes viajan con GPS aprenden menos de las rutas que quienes usan un mapa o van guiados por otra persona. Cuando dos estrategias compiten, la que forma el mapa cognitivo, la del hipocampo, se ejercita menos si delegamos la navegación en la pantalla.

La complejidad del entorno también cuenta

Otro dato: un estudio de Yuan y Kennedy, de 2023, trabajó con datos de más de 22.000 personas y modeló la complejidad ambiental de cada zona, la densidad de calles, las intersecciones y los puntos de interés. El modelo predijo con un 83,87 por ciento de precisión qué zonas tendían a ser cognitivamente normales. Los lugares con calles densas y más cruces se asociaron con menor prevalencia de Alzheimer. Un seguimiento de 2024 ligó esa complejidad geoespacial con mayor volumen en las regiones de navegación espacial del cerebro.

Nada de esto convierte al GPS en el enemigo. La memoria espacial, igual que un músculo, responde al uso. Los taxistas de Londres ofrecen el ejemplo más limpio: veinticinco mil calles memorizadas durante tres o cuatro años dejaron una huella visible en el hipocampo. Quizá la próxima vez que el teléfono ofrezca marcar la ruta, valga la pena desviarse un par de calles. Si te gusta este tipo de textos, tenemos más curiosidades así.

Infografia del hipocampo de los taxistas de Londres y la memoria espacial

Fuentes

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