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Ciencia

Los pulmones de los niños de Londres se están recuperando, y la ciencia dice por qué

Un estudio de cinco años con más de 3.400 niños encontró algo que los propios investigadores no esperaban: el daño pulmonar por contaminación no solo se frena, se revierte.

Redacción La Prosa · · 4 min
Niños caminando a la escuela por una calle residencial de Londres bajo un cielo despejado

Un experimento involuntario con dos ciudades

En 2019, Londres empezó a cobrarle a los vehículos más contaminantes por circular en su centro. La zona se llama ULEZ, zona de emisiones ultra bajas, y su objetivo era simple: bajar los niveles de dióxido de nitrógeno en el aire. Lo que nadie prometió es que también repararia pulmones ya dañados.

Un equipo liderado por la doctora Helen Wood, con el profesor Chris Griffiths (Queen Mary University of London y Oxford), Ian Mudway (Imperial College London) y el profesor Gurch Randhawa (Universidad de Bedfordshire) como autores principales, siguió durante cinco años a más de 3.400 niños de 6 a 9 años en 84 escuelas primarias. La mitad estaba en Londres, dentro de la zona ULEZ. La otra mitad, en Luton, una ciudad con niveles de contaminación parecidos pero sin ninguna zona de bajas emisiones. El estudio se llama CHILL y se publicó en The Lancet Public Health.

Lo que se suponía que iba a pasar

La hipótesis de partida era modesta: si el aire mejora, el daño deja de empeorar. Eso ya sería una victoria, porque la contaminación por tráfico está asociada desde hace décadas a un crecimiento pulmonar más lento en la infancia, algo que suele arrastrarse toda la vida.

Lo que encontraron fue distinto. Entre 2018 y 2022, la exposición al NO2 cayó en Londres el doble de rápido y más del doble en magnitud que en Luton. Y el volumen espiratorio forzado en un segundo —FEV1, la medida estándar de cuánto aire puede expulsar un pulmón con fuerza— aumentó en los niños londinenses 10 mililitros por año más que en los de Luton. Para el final del estudio, los pulmones de ambos grupos habían igualado su crecimiento: los de Londres habían alcanzado a los de Luton.

De 14% a 9%

La cifra que mejor resume el hallazgo es esta: al inicio, el 14% de los niños de Londres tenía función pulmonar clínicamente afectada. Cinco años después, bajó al 9%. En Luton, la misma medida solo cayó de 9% a 7%. La diferencia no es sutil, y va en la dirección contraria a lo que predice el modelo habitual de daño acumulativo e irreversible.

Esto importa porque cambia la pregunta de fondo. Durante años, la salud pulmonar infantil se trató como un marcador de exposición pasada: el daño ya estaba hecho, y lo único que podía hacer una política ambiental era evitar que empeorara. CHILL sugiere que el pulmón infantil conserva más capacidad de recuperación de la que se pensaba, siempre que el estímulo que lo dañaba desaparezca a tiempo.

Lo que todavía no se sabe

El estudio es epidemiológico, no mecanístico: muestra que la mejora ocurrió, pero no explica en detalle el proceso biológico exacto detrás de la recuperación pulmonar. Tampoco cubre qué pasa después de los cinco años del seguimiento —si el efecto se mantiene en la adolescencia y la adultez, o si requiere que la mejora del aire se sostenga en el tiempo para no revertirse.

Con todo, es uno de los estudios de cohorte más largos y mejor diseñados sobre el tema, gracias justamente a que Luton ofreció algo raro en epidemiología ambiental: una ciudad casi idéntica que sirvió de control real. Para las decenas de ciudades que están debatiendo si vale la pena una zona de bajas emisiones, CHILL aporta algo más persuasivo que un modelo: un antes y un después medido en los mismos niños, año tras año.

Gráfico comparando la caída de función pulmonar afectada en niños de Londres frente a Luton entre 2018 y 2022

Fuentes

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